Poco nuclear

ESC.0 INTERIOR RESTAURANTE
Dos mujeres cenando y hablando.
MUJER 1
Es como caer de un quinto piso o como perder las llaves o como cuando no coincide el sonido y la imagen en una película que te mueres por ver.
MUJER 2
Peor es no poder nombrar tu nombre en ningún idioma.
MUJER 1
Siempre nos quedará el braile.
MUJER 2
¿Tan ciegas estamos?
MUJER 1
No lo sé, pero yo te veo mucho.Demasiado. Y eres bonita.

tumblr_m3o8ciNzjY1r967p5o1_500
MUJER 2
¿Demasiado?
MUJER 1
Sí, pero bueno, tampoco pasa nada.Duele más un orzuelo.
MUJER 2
¿Más que qué?
MUJER 1
Más que pagar demasiado por un vestido que no sienta tan bien como juraba la dependienta o más que el amor.
MUJER 2
¿Es peor el amor que el primer día a dieta?
MUJER 1
Eso dice la poesía.
MUJER 2
La poesía nunca sabe lo que dice.
MUJER 1
Y sin embargo, lo hace mejor que nadie.
MUJER 2
Porque nadie es tan explícito como se cree.
MUJER 1
Eso lo dices porque te da vergüenza pedir la hora.
MUJER 2
Lo que me asusta de pedir la hora es que la gente huya. Como huiste tú.
MUJER 1
Tenía mis motivos.
MUJER 2
¿Cuales eran?
MUJER 1
Que fueras un bonsai o que no te impresionaran realmente mis gafas de bucear.
MUJER 2
Me encantan tus gafas de bucear.
MUJER 1
Eso es porque eres un bonsai raro.
MUJER 2
Un bonsai de descampado.
MUJER 1
Eso no quita lo importante.
MUJER 2
¿Qué es lo importante?
MUJER 1
Que podrías romperme el corazón en cualquier momento. A veces, cuando te veo llegar, te imagino como un ejército entero con tanques y todo eso viniendo a por mí. De frente, pero con falda.

tumblr_mgoomyd8ns1s3uw4ho1_500

MUJER 2

¿Me queda bien, la falda?

MUJER 1
Mejor que a cualquier maniquí de la avenida.
MUJER 2
Nunca imaginé que se pudiese romper un corazón solo con mirarlo.
MUJER 1
Debe de ser alguna fórmula matemática. Pero siempre he sido más de no saber contar. Así que no puedo estar segura.
MUJER 2
¿Y duele?
MUJER 1
Un poco, aunque supongo que un tiro en la espinilla es peor.Por eso me da miedo volar. Los aviones son cañones.

tumblr_mmkph3Uu271s3zg4po1_500
MUJER 2
¿Y si te cojo de la mano?
MUJER 1
Se me afloja el arnés y entonces es cuestión de probabilidad morir.
MUJER 2
También no hacerlo.
MUJER 1
Sí, pero en tal caso, ¿qué haríamos?
MUJER 2
No lo sé. Nunca he sobrevivido a una guerra tan poco nuclear.
MUJER 1
Yo creo que es mejor así.
MUJER 2
¿Así como?

MUJER 1
Así. Tú a ese lado de la mesa, bebiendo agua con gas aunque realmente preferirías zumo de piña con pulpa y sin saber qué hora es. Y yo, aquí, quitando los trozos de brócoli de mi plato a sabiendas de que me lo tengo merecido por no leer nunca la carta hasta el final, y pensando si el problema está en que hago demasiados tic tacs para tu gusto.

habitacion_roma
MUJER 2
Quizá el problema está en que contigo lo de menos es saber el día y la hora. Ni siquiera el mes. Fíjate que hoy no sabía muy bien si ponerme o no bufanda. Dudo de si estamos en agosto o diciembre.
MUJER 1
Solo sé que puede llover de un momento a otro. Por eso siempre llevo encima dos revólveres cargados.
MUJER 2
¿También te asusta la lluvia?
MUJER 1
Solo detrás de las puertas cerradas.
MUJER 2
¿Y si te pido, por favor, que abras la mía?
MUJER 1
Abriría la ventana.
MUJER 2
Eso no me salva de las caída.
MUJER 1
Ni de las picaduras de mosquito en verano.
MUJER 2
Supongo que no se puede tener todo.
MUJER 1
Y sin embargo hay una canción para cada momento.
MUJER 2
Ahora, por ejemplo, ¿qué debería sonar?
MUJER 1
Patient Love de The passenger.
MUJER 2
Siempre pensé que esa era más para cortar zanahorias.
MUJER 1
¿Y entonces Neil Young?
MUJER 2
Neil Young son muchos besos tristes.
MUJER 1
Últimamente hasta la risa me entristece.
MUJER 2
Eso es porque escuchas demasiado a Norah Jones.
MUJER 1
Eso es porque te pienso demasiado y me sobran canciones para los
momentos que no hemos vivido.

MUJER 2
Solo tienes que pedírmelo.
MUJER 1
¿Serviría para algo?
MUJER 2
Sí.Quizá para salvarnos.
MUJER 1
¿Realmente quieres salvarte?
MUJER 2
Sí, porque no hablo siete idiomas aunque sé lo que es un Flammenkuchen y porque me sé de memoria el mapa de carreteras provinciales de aquí a Madrid y lo mucho que te pienso cuando apago la luz de la mesita.
MUJER 1
Pero eso no es un error.
MUJER 2
El error es que no hay nadie más aparte de un cojín demasiado blando y las contracturas en el cuello me recuerdan a ti.
MUJER 1
Eso no tiene sentido.
MUJER 2
Es lo más lógico que he dicho en mi vida. Eso y que los chinos se parecen mucho unos a otros aunque ahora no viene al caso.
MUJER 1
¿Entonces es legítimo bailar mal y odiar la comida pre-cocinada si sirve para que sonrías?
MUJER 2
Tanto como idealizarnos.
MUJER 1
Se me da fatal inventarte.

tumblr_mk5d71DoKx1r60h5mo1_500
MUJER 2
Pues no lo hagas.
MUJER 1
Es que siempre viene bien tener dos ombligos.
MUJER 2
No sirve para hacer muchas cosas.
MUJER 1
¿Muchas cosas como qué?
MUJER 2
Como doblar las sábanas o calentar agua para el té, como hacer una transferencia bancaria o llamar a casa por navidad. Tampoco sirve para tenerte.
MUJER 1
Y sin embargo, también se pueden hacer muchas cosas sin mí.
MUJER 2
Sí, por ejemplo echarte de menos.
MUJER 1
Siempre podemos hacer una cosa.
MUJER 2
¿Qué cosa?
MUJER 1
Podemos convertirnos en guión y apuntar mal para que las heridas sepan mejor. Que desangrarse sea una opción tan válida como las palomitas con sal en el cine. Y que
besarse sea inevitablemente cicatriz en primera línea de playa.
MUJER 2
No.
MUJER 1
¿No?
MUJER 2
No.
MUJER 1
No…

Algo de imaginación

 

–Disculpe, ¿podría decirme si ha visto por aquí a una chica morena con melenita?

–¿Una morena con melenita? Lo siento, pero hay muchas chicas morenas con melenita.

–Ya, sí, tiene razón. Pero esta es diferente al resto, ¿sabe? Es una chica morena con melenita especial.

–Lo siento, pero que sea especial o no no la distingue del resto de morenitas. Dígame, ¿sabe cómo va vestida?

–Me dijo que llevaría un chaqueta roja.

–¿Roja?

–Roja como la sangre, sí.

–¿Es que nunca antes ha visto a esta chica?

–Sí. No, es decir. La he visto antes, sí. La veo todos los días. Pero nunca me acuerdo de ella.

–¿No se acuerda de ella? ¿Cómo puede ser que no se acuerde de ella si la ve todos los días?

–Es algo complejo de explicar.

 top_gr_965

Dejó al repartidor de papeletas y se dirigió a un banco que había cerca para sentarse a esperar a la chica morena con melenita. Era un día gris. Hacía dos días que en el cielo no se asomaba ni una pestaña del sol, que se estaba dando una vacaciones más que merecidas. Quizá, por las fechas, se ha ido a esquiar. Pensó Matías. Y, sin embargo, no tenía especialmente frío. Era una calle concurrida. El tráfico bailaba coordinado la coreografía de la rutina, los semáforos eran la batuta del director, el director seguramente eran los lunes, y solamente los pequeños accidentes entre algún peatón despistado y un conductor malhumorado advertían que realmente el tiempo seguía avanzando. No sé muy bien dónde. Volvió a pensar Matías. ¿Por qué habrá escogido este escenario? ¿Qué será lo que le gusta de este paisaje?

No la veía por ninguna parte. Chaqueta roja, chaqueta roja. Se repetía y le dolían los ojos de lo rápida que pasaba la vida frente a ellos. Como cuando intentas fijarte en el paisaje de cualquier viaje en tren. Las pupilas, nerviosas, intentaban en vano descubrir antes que él mismo una puñetera chaqueta de color rojo.

Paris je t'aime (12)

–¿Aún no ha aparecido?

–No, algo la debe de haber entretenido más de la cuenta. Suele ser puntual. No creo que tarde.

–¿Cómo sabe que es puntual si no se acuerda de su apariencia?

–Porque me lo dice antes de quedarme dormido. Cuando me dice cómo llegar hasta aquí.

–¿No es de aquí, usted?

–No, no soy de aquí. Vivo bastante más lejos. Pero es aquí donde nos encontramos cada noche.

–Pero no son más de las siete de la tarde.

–Le gusta cenar pronto. Quedamos a esta hora para que nos dé tiempo a hacer el amor más de mil veces.

–¿Más de mil? ¿Hace el amor con una mujer más de mil veces y no se acuerda de su cara? Eso no es de ser caballero.

Miró el reloj. Marcaba las 00:30. Sí, no tardará. No puede tardar. Suele acostarse a las 23:30. Y no estamos tan lejos. Matías se acordó de aquella vez en la que quedaron en Tokio. No les costó reconocerse, pese a no haberse visto nunca, debido a que les sacaban casi una cabeza a los japoneses. Recuerda y sonríe. ¿Qué tendrá este lugar que le gusta tanto? Volvió a fijarse. Los edificios, largos como serpientes a dos patas, ocultaban casi todo el cielo, que seguramente se sentía solo. Los humanos le estaban dando la espalda. Las luces ya estaban encendidas, y las farolas, dispuestas a lo largo de la avenida, creaban un juego de colores pastel e incitaban a bostezar o besar, en el caso de los enamorados. En ese momento vio a un tipo algo calvo y bastante feo bostezar. Iba cogido de una mujer de piernas largas. ¿Los enamorados bostezan? ¿Está ese hombre enamorado?

–¿Por que habéis quedado aquí? Es un sitio bastante deprimente–volvió a la carga el repartidor de papeletas.

–Le gusta este lugar y a mí ella.

–Pero no la conoce.

–La conoceré hoy. Y mañana. Y pasado. Y así toda la vida.

–¿Y para eso no hay que desconocerse primero?

–Sí. Por eso lleva un abrigo de color rojo.

–¿Y no le apena, desconocerla todos los días y tener que volver a empezar?

–Es que, sinceramente, creo que eso es lo que hacen las parejas que creen saberse al dedillo uno al otro. El amor es sustancia, ¿entiende? Y por eso está en constante cambio. Es inevitable. La conoces, te enamoras, la conoces más, te enamoras, y así hasta que llega a un punto en el que el proceso empieza a invertirse. Y en el peor de los finales terminas durmiendo con un ser totalmente desconocido.

–¿Y en el mejor de los casos?

–Te deja por otro más guapo.

El repartidor de papeletas se metió las últimas que no había sido capaz de repartir y se sentó a su lado en el banco. Parecía meditabundo. Matías se sacó un cigarro del bolsillo y se lo encendió mientras le tendía el paquete a su nuevo amigo, quien imitó sus mismos movimientos.

–Me paso el día repartiendo papeles a gente que ni siquiera me mira a los ojos. No suelen cogérmelos, algunos se sienten incluso molestos cuando les tiendo la mano. No sé que tienen los papeles que molestan a las personas. Y de los pocos que me hacen el favor de coger uno, lo tiran casi a mis pies. Es deprimente.

–¿Y por qué trabajas repartiendo?

–No lo sé. Tú me has puesto aquí.

–Tienes razón. Quizá me apetecía hablar con alguien mientras la espero.

–¿Y si no aparece?

Matías se quedó en silencio. ¿Y si no aparece? ¿y si no aparece? Es su sueño. No puede no aparecer. Pero ¿y si lo hace? ¿Y si decide no presentarse y me deja plantado aquí, en mitad de un sueño feo con un repartidor de papeletas impernitente?

–No creo. Siempre aparece. Y nos conocemos, como el primer día. Y cenamos pronto para poder hacernos el amor más de mil veces.

–¿No sería más fácil verse en la realidad? Frente a frente. Y dejarse de sueños.

mapa-de-los-sonidos-de-tokio-500-03_1

–Sería lo más fácil. Sí. Quizá tengas razón.

–Pero no lo hacéis.

–No. No lo hacemos.–Calada.–Es fácil. A nadie le gusta roncar en oídos ajenos.

–¿Qué quieres decir?

–Quiero decir que para querer hace falta algo de imaginación. Y mira qué feo es todo esto, joder.

–Es decir, que no va a aparecer.

–Seguramente no.

–Eso es porque no es la chica de sus sueños.

–Ni siquiera son estos mis sueños–dijo Matías mientras se levantaba.

Estaba empezando a llover.

origen-peonza

El mundo nos debe un viaje a Tailandia

Llevaba ya un buen rato esperando que pasara algo. Pero no pasaba nada. No sabía el qué. Pero quería que pasara algo. Fuera lo que fuere. Y no pasaba nada de nada de nada. Así que se pidió otra copa y se encendió otro cigarro y siguió esperando. Era medio día y ya iba un poco borracho. Pero muy poco. Lo suficiente como para seguir deseando algo. Que alguien sacara un bidón de gasolina y se incendiara en mitad de la calle para protestar contra alguna injusticia en boga o que anunciaran el final de la guerra si es que había empezado alguna. No leía los periódicos porque eran muy aburridos y mienten hasta en el parte meteorológico. Sobre todo en el parte meteorológico. Pensaba mientras apuraba la copa y la ceniza del pitillo cae al suelo y le mancha el pantalón. Salió a la calle y empezó a andar sin tener un rumbo fijo. No tenía nada fijo. Por no tener no tenía ni rumbo pero le daba igual. Joder qué aburridos somos. Pensaba. Y una niña en el carro sonríe mientras respira humo de los coches. El problema empieza cuando dejamos de sonreír como niños. Pensaba y le da lástima que la niña respire el humo de los coches. Pero sus padres hacen lo que pueden. Por lo menos no tenemos coches en mitad del salón. Solo en el salón de casa los niños pueden sonreír sin humo entre los dientes. Y parece que esa felicidad vaya a ser eterna. Qué mierda. Piensa y se deprime.

8156_396824033721220_592565768_n
-¿Quién?- Pregunta por el celular. Le llamaban poco y no tenía ni el número de su madre guardado en la agenda.
-¿Es usted el titular de la línea?
-No, lo cierto es que lo he robado hace poco. Casi me pilla en plena faena.
-Ha ganado usted un viaje a Tailandia para dos personas.-Dijo acostumbrada a los bromistas y consciente de que va a comisión.
-Joder qué bien. Nunca me toca nada. En el póquer siempre me despluman. No sé por qué, pero tengo muy mala suerte para el juego. Qué bien qué bien.
-La oferta…
– Una cosa ¿y si quiero ir yo dos veces en vez de una con otra persona? ¿Eso se puede hacer? Es que no tengo pareja. Tampoco se me da bien tener pareja y todo eso. Mierda de dicho ese de “afortunado en el amor, desafortunado en el juego”. Era algo así no sé. Pero menuda mierda. Al que se le ocurrió eso nunca le tocó un viaje a Tailandia.
-Señor, la normativa…
-Oiga, señorita. ¿Está soltera? Tiene una voz muy bonita. Me estoy poniendo malo.
-Disculpe señor…
-¿Le gusta el póquer? A mí me gusta. Pero no sé mentir. Por eso pierdo siempre. Una vez un tipo raro con cara de cabrón me ganó mucho dinero. Yo solo tenía un estúpido full y él una escalera de color de picas, pero me las di de sobrado. La gracia del póquer está en mentir aunque no tengas más de dos cartas iguales. Estuve una semana comiendo una miseria. Me desplumó el cabrón. Y todo porque no sé mentir. Señorita.
-Voy a colgar…
-¿Ya? No mujer. Yo que quería invitarla a Tailandia. Por una vez que gano algo y me va a colgar usted, señorita. Tiene la voz bonita. Ya se lo he dicho, ¿no? Me estoy poniendo malo.
-Sí… escuche tengo que colgar…
-No cuelgue. Sabe lo que pasa. Que lo único que está ocurriendo en el mundo ahora mismo es usted. Sí, ahora mismo siguen cayendo bombas en alguna parte y en alguna parte alguien ha heredado una fortuna. Pero realmente solo está ocurriendo usted. En el mundo, en MI mundo no existe nadie más, solo usted y yo y Tailandia. Joder qué aburrido es el mundo. Llevo ya un rato esperando que ocurra algo y no ocurre nada. Solo usted. Antes he visto una niña sonreír y el humo de los coches se le ha metido por la boca. Pobre. Aunque a ella le da igual y sigue sonriendo. Eso es lo bueno de ser niños. ¿No cree? Que nos da igual todo. Todos los niños sonríen como si les hubiera tocado un viaje a Tailandia. Así de felices son. Dígame, señorita ¿es usted feliz?
-Lo siento caballero. Pero no entiendo nada de lo que está diciendo.

Peggy-Lee_03
-Joder, claro que me entiende. Una niña que respira humo pero aún así sonríe porque por lo menos no le están cayendo bombas encima. Y crecer significa reconocerse sonriendo, saberse feliz o infeliz. Mierda. Crecer significa saborear el humo de los coches ¿Es usted feliz?
-Supongo que sí.
-Vaya, por eso va usted regalando viajes a Tailandia. Su voz es la voz de Peggy Lee. Pero no sé si usted conoce a Peggy Lee. ¿La conoce? ¿A Peggy Lee?
-No, lo siento. Escuche…
-Soy viejo. Cuando conoces un cantante que ya no conoce mucha gente es cuando te das cuenta de lo cerca que estás del cementerio. A mí que me quemen, señorita. Le invito a Tailandia. O a un café. Qué voz re Dios.

Peggy Lee colgó y se quedó hablando solo por el móvil. Mierda de ofertas. Qué fácil es adiestrar a una fiera hambrienta. Pensó y se miró la mancha del pantalón. Así no hay quien enamore. Dijo y se imaginó realmente enamorado de la señorita de la oferta a Tailandia. El amor es una resaca como otra cualquiera. Se convenció y se llenó los pulmones de cigarro. La niña que antes le había sonreído crecería sin conocer a Peggy Lee pero con humo de coches alrededor de la lengua y por toda la garganta. Pensó y entristeció. Ya no pinto nada aquí. Dijo y se imaginó en Tailandia. Allí pintaba menos pero por una vez en su vida había ganado algo y eso está bien. El mundo nos debe a todos un par de viajes a Tailandia. Pensó, y cansado de esperar algo de sí mismo y cansado de sí mismo al fin y al cabo, se sentó en un banco cualquiera de una calle bastante concurrida a esperar que ocurriera algo, fuera lo que fuera.

Fotografía banco de Bárbara Tráver

(Des)conocerse

Parte I

No estoy hablando de casarnos. Ni siquiera hablo de salir un par de veces, invitarla a todos lo caprichos que se le ocurran y no coger paraguas por si llueve protagonizar una de esas escenas de final de película romántica que echan en la televisión un domingo a las dos de la madrugada. Justo antes del porno. No hablo de ponerme nerviosa cuando la vea llegar a pasitos cortos pero rápidos, como queriendo excusar con cada talón-punta que hace más de diez minutos que hemos quedado y que llega tarde. Como el ridículo sprint del último corredor que pasa por línea de meta. Las cámaras ya se han ido y su dorsal no está bien cosido. No hablo de recordarla en todas las canciones. Ni dedicarle frases demasiado dulces, nombrarnos con adjetivos calificativos ñoños, tirando a vomitivos. Ni de echarla de menos aun cuando ni siquiera se haya ido. Hablo de follar. De que mi corazón, empapado de poesía de la de antes, cada vez que la ve se pone malo. Y un baile de palabras entre la sístole y diástole se me clavan en las entrañas como espinas de pez o astillas de palito del helado y bombardean las ganas de continuar con mi vida, como si nada. Te estoy hablando de que la veo pasar y me atraviesa y olvido que lo que realmente me está atravesando es una vida sin ella. No ella. No Toda ella. Su cuerpo, su olor, todas las manías que me gusta pensar que tiene, como que cada mañana se le cae encima de la mesa una gotita de café y que duerme sin calcetines aun en pleno invierno lapones. Por inventar me invento que fuma aunque se lo quiere dejar y que pierde el metro adrede para poder sentarse a leer un rato. Me invento que lee a Borges y a Céline. Que tiene en la mesita de noche un García Lorca inmortal y que se pone más de tres veces el despertador para darse el gusto de apagarlo y continuar a la suya, soñando.

lluvia dos

No hablo de ser feliz toda la vida a su lado. Hablo de darle toda la felicidad que se merece a la vez, de una. Como una explosión de colores en plena ceguera. Hablo de hacerle el amor. Sin quererla. Sin que me quiera. ¿Sabes? Un intercambio de sudores. Sería como contarnos a base de jadeos esa vida que tan poco nos interesa. No nos escucharíamos. Por el simple placer de contar, o de jadear. Hablo de descubrirnos sin dejar de ser extraños. Besarnos como si fuéramos obras de artes. Creernos Giocondas en mitad del pasillo y sacarle más partido a esa sonrisa.

No hablo de un amor eterno. Hablo de algo mucho más sencillo. De algo que se puede hacer una noche cualquiera con una buena botella de vino. También sirven las botellas baratas. Hablo de follar, sabiendo de antemano que al día siguiente no tendré que llamarla. Ni despertarla con besos cerca del labio. No tendría que intentar recordar un nombre que no me importa. Porque en mi mente ya le he puesto nombre y apellidos, le he puesto incluso dirección y código postal.

Le haré el amor y me iré. No esperaré a que se haga de día. No se es mejor amante por eso. A veces hay más mérito en la huida. Saldré de puntillas. Y no haremos el esfuerzo de decirnos un adiós tan emotivo como fingido. Ella encenderá un cigarro, odiándose porque juró no volver a hacerlo, fumar y todo eso. Y se acercará a la ventana. El sonido de los coches y una ambulancia desesperada por llegar será nuestra banda sonora. La que marca el punto y final de una historia que empezó cuando ya estaba acabada.

580758_396824317054525_1407217385_n

No me tendrá que volver a ver. Y será legítimo idealizarnos hasta el olvido. Nunca descubrirá que odio el chocolate y que aparco fatal. Nunca me preguntará si aún tengo abuelos, si en invierno me deprimo sin motivos o si creo en los signos del zodiaco. No sospechará nunca que aún me confundo con los relojes de aguja y que duermo con antifaz. No le hará falta saber que el mar me da miedo por un trauma infantil que no recuerdo y que no me meto más allá de la cintura porque solo así siento que si viniera un tiburón hambriento podría verlo y chillar como una loca. Tampoco descubrirá que lo que realmente me acojona son las medusas y su fetichismo de picar en los tobillos.

185034_396829937053963_435942298_n (1)

Se quedará con el recuerdo de la peca que tengo en el cuello y la marca de nacimiento que es como una mancha rosada debajo del ombligo. Recordará mi ombligo y mis pies del 37. Podrá divagar sobre mi peso, entorno a los 60 y mi estatura justita justita para ser admitida como azafata. Quiera o no, ser azafata.

-Dime,- dijo apurando la copa- ¿qué hubiera pasado si nunca hubieseis hecho el amor?

– Aún nos querríamos.-Sentenció mirando un punto no fijo, que es donde se ubica el pasado cada vez que vuelve. 

Fotografía Café y Relojes de Bárbara Tráver. 

Nunca le pregunté

Como no tengo mucho tiempo para hacer reseñas y como tengo este blog un tanto abandonado, os dejo un relato corto de mi cosecha y así me perdonáis. Dentro de poco colgaré una nueva reseña.

 “Es mucho mejor si no sabes lo que has perdido.” (Ray Lóriga)

Nunca le pregunté si me quería, si hubiera sido capaz de dejarlo todo para venirse conmigo, para empezar en cualquier otra parte cualquier otra seguramente terrible historia de amor. Le prometí finales felices cada noche y besos en todos los semáforos que cortaban la ciudad de una circulación sanguínea y contaminante. Nunca estuve del todo seguro de que fuera yo el que leía en cada poesía o escuchaba en cada canción, no tenía ni idea de lo que se le pasaba por la mente a todas horas y la ausentaban entre parada y parada de metro, cuando se hacía el silencio más cómodo del mundo entre nosotros. Nunca me dijo si yo era su tipo o le gustaban con menos barriguita cervecera, seguramente mentía, en un arrebato de compasión, cada vez que alababa mi plato especial de espaguetis carbonara, nunca se me pasó por la cabeza que odiara la pasta.

borisaa

Daba por supuesto que le encantaba Bowie y que se emocionaba con Boss of me, tenía ligeras sospechas de que no le gustaban especialmente las películas de Woody Allen de los años 70, lo confirmé una vez que se durmió antes de llegar al minuto veinte en La última noche de Boris Gruschenko. Yo sin embargo la he visto unas siete u ocho veces. Tampoco hablamos mucho de las posturas sexuales ni nos pusimos de acuerdo en qué lado de la cama dormir. No tengo muy claro qué es lo que hacía exactamente en su trabajo, algo de números, creo. Ni si era más de té o café, de ron o vozka, de Bukowski o Austen, de Noel o Liam Gallager, de Jagger o Lennon. Creo que no se sabía los nombres de los cuatro Beatles. Jamás le pregunté el significado del tatuaje que llevaba en en las costillas. Eran muchas rayas raras, unas más gordas que otras, sin mucho significado. Supongo que le dolió pero no lo sé.

le_fabuleux_destin_d_amelie_poulain_2000_reference

Nunca supe a qué edad le partieron por primera vez el corazón ni si lloró mucho cuando le dijeron que los Reyes Magos eran los padres. Una vez la vi hablar en francés y pensé que era muy sexy hablando francés pero no se lo dije. Imaginé que le gustaba Amelie, Yann Tiersen y Jean Luc Godard. También las boinas y los cruasanes y la Torre Eiffiel. Nunca supe si había ido alguna vez a París o Lyon o a Tokio o a Berlín. Quizá también le daba miedo volar, como a mí, y la oscuridad y las películas de zombies y los ruidos que hacen todas las viviendas por la noche. Seguramente le ponía de mal humor perder el metro en las narices y las cajeras que despachaban con prisa en el supermercado. Y sin embargo le salía una sonrisa tonta cada vez que un niño pequeño se reía a pleno pulmón.

Nunca le pregunté si me quería. Pero está bien, tampoco le pregunté nunca cuánto es en libras siete euros cincuenta céntimos, ni cómo funciona exactamente el acelerador de partículas. Supongo que porque no hubiera sabido qué responderme o porque sí.

Y pienso todo esto mientras doblo por la mitad las cartas que no nos escribimos y las guardo en el cajón de los recuerdos que jamás tendré.

El viejo y el mar

 

Reseña literaria escrita por Marina Kahlo.

Hemingway, Ernest. El viejo y el mar. Debolsillo: 2003.

Páginas: 160.

Idioma original: inglés.

“Mi decisión fue ir a buscarlo, más allá de toda la gente en el mundo”.

La felicidad es un concepto tan abstracto como difuso, tanto, que nadie es capaz de definirlo de la misma manera, no es algo tangible y perdurable en el tiempo. La felicidad, que pese a tener su raíz en la condición humana, me atrevería a decir que es el motor de todo aquel que se propone objetivos, metas e ilusiones, se ha convertido poco a poco en una construcción social pactada y delimitada por unos patrones demasiado superfluos para mi gusto. Hoy, conseguir el último modelo de coche o móvil es sinónimo de felicidad, un placebo demasiado extendido como para que ya no nos duela admitir que, pese a ser una invención de nuestros días, existe porque así lo hemos querido. Y sin embargo me niego a creérmelo.

Y me niego a que sea así porque la felicidad es mucho más. Algo que duele y que Hemingway describe perfectamente, sin pretenderlo, en la novela El viejo y el mar, donde un anciano decide adentrarse en alta mar para pescar el pez que le tiene que devolver una fama de pescador que ha perdido con los años y la precariedad. Y así es como pasa días enteros en su bote, luchando contra el hambre y la debilidad. Y es que como bien dice Tal vez yo no debería ser pescador, pero para eso he nacido. Sabe que puede perder la vida, incluso antes de pesar cualquier animal, sabe que quizá todo eso no sirve para nada. El pez, un ejemplar enorme que se niega a capturado, arrastra el barco y al anciano mar adentro en la oscuridad de la noche. Una lucha por la supervivencia en la que el hombre se vuelve una parte más de la naturaleza que le rodea. El viejo, que pese a llevar las perder, decide no abandonar la batalla.

El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido,pero no derrotado”.

¿Lo conseguirá? Y si lo hiciera, ¿se sentiría realmente realizado?, ¿es el final el final de todo?, ¿o lo que cuenta es el camino?, ¿merece la pena tanto esfuerzo? Quizá, somo dice Beauvior, los humanos no somos nada sino proyectos, no tenemos esencia sino existencia, y lo que nos hace humanos no es otra cosa más que las opciones libres. Pese a que como la vida, “El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel”.

Las intermitencias de la muerte

Reseña literaria escrita por Marina Kahlo

Saramago, José. Las intermitencias de la muerte. Punto de lectura: 2006

Traducción: Pilar del Río

Idioma original: portugués

El precio de nacer es la muerte. Eso es algo que todo el mundo sabe, quizá es lo único que hay de cierto en la vida, continuo ir y venir de realidades más que controversas y poco cuestionadas. El mundo es un aparato complejo que se mueve como un engranaje mal dispuesto al que le falta aceite o lucidez. Y al final, el motor que lo sostiene no es otro más que el dinero. La rotación de la tierra o la capa de ozono incluso la evolución lenta y meticulosa de las especies no son más que una minucia comparado con el poder que desprenden los billetes.

Saramago, con su infinita imaginación, crea un mundo en el que la muerte, que tiene forma de calavera y mujer porque así marca la tradición, decide dejar de matar, aunque más acertado sería decir que decide dejar de llevarse lo que es suyo: la vida, cuando se acaba, de los humanos. El uno de enero la muerte abdica de sus responsabilidades. Y toda la historia narrada es la inevitable consecuencia que acarrea una inmortalidad inmerecida. Las personas, que desde el momento en el que empezamos a repirar vemos cómo se nos acaba el tiempo y por soñar, soñamos que no morir es el mayor de los sueños, entienden esta inusual, históricamente hablando, iniciativa como algo positivo. Puesto que no morimos no hay que preocuparse de vivir. Es perfecto. Sin embargo, no expirar no implica una eterna juventud. Y el gobierno tiene que hacer frente al problema del perpetuo envejecimiento de la población; negocios que vivían de la muerte, irónico dicho de esta manera, que tienen que cerrar o reinventarse; mafías que toman el control de un caos incontrolable y de más catástrofes. El ser humano tiene que reoganizar el mundo, en el que ya parecía acomodado por los siglos de los siglos.

Y así es como se llega a la conclusión “Si no morimos, no tendremos futuro”. Y es que hace falta conocer el límite para proponerse la meta, hace falta saberse débiles para sentirse fuertes, y ser capaces de aceptar que quizá todo ocurre porque todo tiene que acabar. A partir de una historia imposible de creer al pie de la letra, Saramago nos plantea una serie de reflexiones que no acostumbramos a hacer ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos morir?, ¿cómo se las apañaría el mundo con una sobre carga de seres humanos? Es ante las situaciones extremas cuando se ve la naturaleza del ser humano en relación con la sociedad. Su más primario instinto por controlar lo que se supone que le pertenece pero de lo que no dispone el control: su propia vida.