Sobre la no pertenencia

Por fin lo había entendido, y en vez de angustiarse, como cualquier enamorada poéticamente supersticiosa, convencida de que una mañana se iría sin dejar rastro—que no huella–, se sentía alegre. Contradictoriamente alegre. A.L.E.G.R.E.

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Nunca le pertenecería. Nunca sería suyo. Nunca la balanza del amor que se sentían estaría recíprocamente equilibrada. Nunca él daría tanto como ella pretendía. Descubrirse vasallo de batalla perdida había sido, al contrario de lo esperado, un liberador contratiempo. Le vino a la mente las películas de acción en las que el bueno golpea al malo y de una bofetada lo hace sangrar. El malo sigue sonriendo mientras escupe dientes y le chorrea sangre por la nariz. Y eso que sabe de sobra que va a morir.

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Como si a la hora de abrir el paracaídas no funcionara y solo quedara disfrutar de la caída. Eso estaba haciendo. Disfrutar de la caída. Se había dado cuenta la otra noche, cuando lo descubrió llorando por otra a su lado, con la luz apagada, de que quizá eso era justamente lo que les había unido durante tanto tiempo. La no pertenencia. Su relación se basaba en un único punto de convergencia y el sexo era una rebuscada forma de expresión que habían ido moldeando para decirse lo que mucho que necesitaban no solo el uno del otro, sino del mundo entero, sin necesidad de abrir la boca.

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No se necesitaban ellos, orgásmico oasis donde la angustia de la incertidumbre se reducía por horas, ahogada en la risa de la despreocupación momentánea. Los días con él se habían vuelto ficción creíble. Como un simulador de feria que no engaña a nadie pero siempre tiene cola Ella quería estar ahí, como un bote en alta mar que por mucha marea que haya y sin nadie saber como, no se mueve de su sitio. Fiel escudero salvavidas del más triste de los náufragos. Se pretendía cojín o almohada o ducha de agua caliente después de un largo día de trabajo.

Quería ser lo que fuera, no para conseguirlo. Porque ya había entendido que eso jamás sería así por mucho que se quisieran. Lo que realmente querían era la imposibilidad de tenerse. Quería ser cualquier cosa prescindible pero inevitable. Red circense para equilibristas sin experiencia.

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Pero no hizo nada. Se quedó quieta en su parcela de cama, cogida sin estar muy convencida a su trozo de sábana. Escuchando como afuera lloraba el cielo y dentro llovían sus ojos. Dejando en él el próximo movimiento. Peón contra rey. Match point.

Aún así esperaba el día que aclarara de una vez por todas sus noches.

Y lo hacía triste.

( Trozo de la novela “Todos los muertos pierden los zapatos”. Marina Kahlo.)