Entonces viceversa

-Ya lo hemos hablado muchas veces. Es mi decisión.
-¿Acaso no piensas en mí?
-En serio, dejemos este tema. Ya está decidido.
-¿No puedo hacerte cambiar de opinión?
-Te doy una última oportunidad. Te dejo escoger una última palabra que consiga disuadirme.
-El problema es que creo que no hay ninguna capaz de expresar lo que pretendo.
-Alguna tiene que haber.
-No, no hay ninguna. Creo que todavía no se ha inventado. Y eso que mira que hay palabras.
-¿Tampoco en francés?
-Ni siquiera en checo.
-¿Y no has pensado utilizar alguna que ya exista…?
-Lo he intentado. Lo que pasa es que considero que la palabra tostadora no describe todo lo que pretendo decirte.
-Podría ser peor y que me dijeras toallita desmaquillante. No sabría cómo reaccionar a esa declaración de amor.
-¿Y si te digo que no encuentro ninguna palabra porque todas te pronuncian?
-Te diré que no me encuentro parecido alguno con un abrelatas y que me ofende que me llames báscula cuando sabes que es un problema de retención de líquidos.
-No quiero que te vayas.
-No creo que sea casualidad que a ti  tú odies volar y yo la mantequilla.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Que fue por eso por lo que me fijé en ti cuando dijiste ornitorrinco.
-¿Qué ha pasado para que ya no lo hagas?
-Imagino que ya no me hace falta odiar la mantequilla para ser feliz.
-Sigo sin querer que te vayas. Puedo vivir sin ti. Pero no quiero.
-Esa frase se la inventó un fumador para defenderse de sus amigos sanos.
-Entonces viceversa.
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