(Des)conocerse

Parte I

No estoy hablando de casarnos. Ni siquiera hablo de salir un par de veces, invitarla a todos lo caprichos que se le ocurran y no coger paraguas por si llueve protagonizar una de esas escenas de final de película romántica que echan en la televisión un domingo a las dos de la madrugada. Justo antes del porno. No hablo de ponerme nerviosa cuando la vea llegar a pasitos cortos pero rápidos, como queriendo excusar con cada talón-punta que hace más de diez minutos que hemos quedado y que llega tarde. Como el ridículo sprint del último corredor que pasa por línea de meta. Las cámaras ya se han ido y su dorsal no está bien cosido. No hablo de recordarla en todas las canciones. Ni dedicarle frases demasiado dulces, nombrarnos con adjetivos calificativos ñoños, tirando a vomitivos. Ni de echarla de menos aun cuando ni siquiera se haya ido. Hablo de follar. De que mi corazón, empapado de poesía de la de antes, cada vez que la ve se pone malo. Y un baile de palabras entre la sístole y diástole se me clavan en las entrañas como espinas de pez o astillas de palito del helado y bombardean las ganas de continuar con mi vida, como si nada. Te estoy hablando de que la veo pasar y me atraviesa y olvido que lo que realmente me está atravesando es una vida sin ella. No ella. No Toda ella. Su cuerpo, su olor, todas las manías que me gusta pensar que tiene, como que cada mañana se le cae encima de la mesa una gotita de café y que duerme sin calcetines aun en pleno invierno lapones. Por inventar me invento que fuma aunque se lo quiere dejar y que pierde el metro adrede para poder sentarse a leer un rato. Me invento que lee a Borges y a Céline. Que tiene en la mesita de noche un García Lorca inmortal y que se pone más de tres veces el despertador para darse el gusto de apagarlo y continuar a la suya, soñando.

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No hablo de ser feliz toda la vida a su lado. Hablo de darle toda la felicidad que se merece a la vez, de una. Como una explosión de colores en plena ceguera. Hablo de hacerle el amor. Sin quererla. Sin que me quiera. ¿Sabes? Un intercambio de sudores. Sería como contarnos a base de jadeos esa vida que tan poco nos interesa. No nos escucharíamos. Por el simple placer de contar, o de jadear. Hablo de descubrirnos sin dejar de ser extraños. Besarnos como si fuéramos obras de artes. Creernos Giocondas en mitad del pasillo y sacarle más partido a esa sonrisa.

No hablo de un amor eterno. Hablo de algo mucho más sencillo. De algo que se puede hacer una noche cualquiera con una buena botella de vino. También sirven las botellas baratas. Hablo de follar, sabiendo de antemano que al día siguiente no tendré que llamarla. Ni despertarla con besos cerca del labio. No tendría que intentar recordar un nombre que no me importa. Porque en mi mente ya le he puesto nombre y apellidos, le he puesto incluso dirección y código postal.

Le haré el amor y me iré. No esperaré a que se haga de día. No se es mejor amante por eso. A veces hay más mérito en la huida. Saldré de puntillas. Y no haremos el esfuerzo de decirnos un adiós tan emotivo como fingido. Ella encenderá un cigarro, odiándose porque juró no volver a hacerlo, fumar y todo eso. Y se acercará a la ventana. El sonido de los coches y una ambulancia desesperada por llegar será nuestra banda sonora. La que marca el punto y final de una historia que empezó cuando ya estaba acabada.

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No me tendrá que volver a ver. Y será legítimo idealizarnos hasta el olvido. Nunca descubrirá que odio el chocolate y que aparco fatal. Nunca me preguntará si aún tengo abuelos, si en invierno me deprimo sin motivos o si creo en los signos del zodiaco. No sospechará nunca que aún me confundo con los relojes de aguja y que duermo con antifaz. No le hará falta saber que el mar me da miedo por un trauma infantil que no recuerdo y que no me meto más allá de la cintura porque solo así siento que si viniera un tiburón hambriento podría verlo y chillar como una loca. Tampoco descubrirá que lo que realmente me acojona son las medusas y su fetichismo de picar en los tobillos.

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Se quedará con el recuerdo de la peca que tengo en el cuello y la marca de nacimiento que es como una mancha rosada debajo del ombligo. Recordará mi ombligo y mis pies del 37. Podrá divagar sobre mi peso, entorno a los 60 y mi estatura justita justita para ser admitida como azafata. Quiera o no, ser azafata.

-Dime,- dijo apurando la copa- ¿qué hubiera pasado si nunca hubieseis hecho el amor?

– Aún nos querríamos.-Sentenció mirando un punto no fijo, que es donde se ubica el pasado cada vez que vuelve. 

Fotografía Café y Relojes de Bárbara Tráver. 

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