Nunca le pregunté

Como no tengo mucho tiempo para hacer reseñas y como tengo este blog un tanto abandonado, os dejo un relato corto de mi cosecha y así me perdonáis. Dentro de poco colgaré una nueva reseña.

 “Es mucho mejor si no sabes lo que has perdido.” (Ray Lóriga)

Nunca le pregunté si me quería, si hubiera sido capaz de dejarlo todo para venirse conmigo, para empezar en cualquier otra parte cualquier otra seguramente terrible historia de amor. Le prometí finales felices cada noche y besos en todos los semáforos que cortaban la ciudad de una circulación sanguínea y contaminante. Nunca estuve del todo seguro de que fuera yo el que leía en cada poesía o escuchaba en cada canción, no tenía ni idea de lo que se le pasaba por la mente a todas horas y la ausentaban entre parada y parada de metro, cuando se hacía el silencio más cómodo del mundo entre nosotros. Nunca me dijo si yo era su tipo o le gustaban con menos barriguita cervecera, seguramente mentía, en un arrebato de compasión, cada vez que alababa mi plato especial de espaguetis carbonara, nunca se me pasó por la cabeza que odiara la pasta.

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Daba por supuesto que le encantaba Bowie y que se emocionaba con Boss of me, tenía ligeras sospechas de que no le gustaban especialmente las películas de Woody Allen de los años 70, lo confirmé una vez que se durmió antes de llegar al minuto veinte en La última noche de Boris Gruschenko. Yo sin embargo la he visto unas siete u ocho veces. Tampoco hablamos mucho de las posturas sexuales ni nos pusimos de acuerdo en qué lado de la cama dormir. No tengo muy claro qué es lo que hacía exactamente en su trabajo, algo de números, creo. Ni si era más de té o café, de ron o vozka, de Bukowski o Austen, de Noel o Liam Gallager, de Jagger o Lennon. Creo que no se sabía los nombres de los cuatro Beatles. Jamás le pregunté el significado del tatuaje que llevaba en en las costillas. Eran muchas rayas raras, unas más gordas que otras, sin mucho significado. Supongo que le dolió pero no lo sé.

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Nunca supe a qué edad le partieron por primera vez el corazón ni si lloró mucho cuando le dijeron que los Reyes Magos eran los padres. Una vez la vi hablar en francés y pensé que era muy sexy hablando francés pero no se lo dije. Imaginé que le gustaba Amelie, Yann Tiersen y Jean Luc Godard. También las boinas y los cruasanes y la Torre Eiffiel. Nunca supe si había ido alguna vez a París o Lyon o a Tokio o a Berlín. Quizá también le daba miedo volar, como a mí, y la oscuridad y las películas de zombies y los ruidos que hacen todas las viviendas por la noche. Seguramente le ponía de mal humor perder el metro en las narices y las cajeras que despachaban con prisa en el supermercado. Y sin embargo le salía una sonrisa tonta cada vez que un niño pequeño se reía a pleno pulmón.

Nunca le pregunté si me quería. Pero está bien, tampoco le pregunté nunca cuánto es en libras siete euros cincuenta céntimos, ni cómo funciona exactamente el acelerador de partículas. Supongo que porque no hubiera sabido qué responderme o porque sí.

Y pienso todo esto mientras doblo por la mitad las cartas que no nos escribimos y las guardo en el cajón de los recuerdos que jamás tendré.

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