El viejo y el mar

 

Reseña literaria escrita por Marina Kahlo.

Hemingway, Ernest. El viejo y el mar. Debolsillo: 2003.

Páginas: 160.

Idioma original: inglés.

“Mi decisión fue ir a buscarlo, más allá de toda la gente en el mundo”.

La felicidad es un concepto tan abstracto como difuso, tanto, que nadie es capaz de definirlo de la misma manera, no es algo tangible y perdurable en el tiempo. La felicidad, que pese a tener su raíz en la condición humana, me atrevería a decir que es el motor de todo aquel que se propone objetivos, metas e ilusiones, se ha convertido poco a poco en una construcción social pactada y delimitada por unos patrones demasiado superfluos para mi gusto. Hoy, conseguir el último modelo de coche o móvil es sinónimo de felicidad, un placebo demasiado extendido como para que ya no nos duela admitir que, pese a ser una invención de nuestros días, existe porque así lo hemos querido. Y sin embargo me niego a creérmelo.

Y me niego a que sea así porque la felicidad es mucho más. Algo que duele y que Hemingway describe perfectamente, sin pretenderlo, en la novela El viejo y el mar, donde un anciano decide adentrarse en alta mar para pescar el pez que le tiene que devolver una fama de pescador que ha perdido con los años y la precariedad. Y así es como pasa días enteros en su bote, luchando contra el hambre y la debilidad. Y es que como bien dice Tal vez yo no debería ser pescador, pero para eso he nacido. Sabe que puede perder la vida, incluso antes de pesar cualquier animal, sabe que quizá todo eso no sirve para nada. El pez, un ejemplar enorme que se niega a capturado, arrastra el barco y al anciano mar adentro en la oscuridad de la noche. Una lucha por la supervivencia en la que el hombre se vuelve una parte más de la naturaleza que le rodea. El viejo, que pese a llevar las perder, decide no abandonar la batalla.

El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido,pero no derrotado”.

¿Lo conseguirá? Y si lo hiciera, ¿se sentiría realmente realizado?, ¿es el final el final de todo?, ¿o lo que cuenta es el camino?, ¿merece la pena tanto esfuerzo? Quizá, somo dice Beauvior, los humanos no somos nada sino proyectos, no tenemos esencia sino existencia, y lo que nos hace humanos no es otra cosa más que las opciones libres. Pese a que como la vida, “El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel”.

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Las intermitencias de la muerte

Reseña literaria escrita por Marina Kahlo

Saramago, José. Las intermitencias de la muerte. Punto de lectura: 2006

Traducción: Pilar del Río

Idioma original: portugués

El precio de nacer es la muerte. Eso es algo que todo el mundo sabe, quizá es lo único que hay de cierto en la vida, continuo ir y venir de realidades más que controversas y poco cuestionadas. El mundo es un aparato complejo que se mueve como un engranaje mal dispuesto al que le falta aceite o lucidez. Y al final, el motor que lo sostiene no es otro más que el dinero. La rotación de la tierra o la capa de ozono incluso la evolución lenta y meticulosa de las especies no son más que una minucia comparado con el poder que desprenden los billetes.

Saramago, con su infinita imaginación, crea un mundo en el que la muerte, que tiene forma de calavera y mujer porque así marca la tradición, decide dejar de matar, aunque más acertado sería decir que decide dejar de llevarse lo que es suyo: la vida, cuando se acaba, de los humanos. El uno de enero la muerte abdica de sus responsabilidades. Y toda la historia narrada es la inevitable consecuencia que acarrea una inmortalidad inmerecida. Las personas, que desde el momento en el que empezamos a repirar vemos cómo se nos acaba el tiempo y por soñar, soñamos que no morir es el mayor de los sueños, entienden esta inusual, históricamente hablando, iniciativa como algo positivo. Puesto que no morimos no hay que preocuparse de vivir. Es perfecto. Sin embargo, no expirar no implica una eterna juventud. Y el gobierno tiene que hacer frente al problema del perpetuo envejecimiento de la población; negocios que vivían de la muerte, irónico dicho de esta manera, que tienen que cerrar o reinventarse; mafías que toman el control de un caos incontrolable y de más catástrofes. El ser humano tiene que reoganizar el mundo, en el que ya parecía acomodado por los siglos de los siglos.

Y así es como se llega a la conclusión “Si no morimos, no tendremos futuro”. Y es que hace falta conocer el límite para proponerse la meta, hace falta saberse débiles para sentirse fuertes, y ser capaces de aceptar que quizá todo ocurre porque todo tiene que acabar. A partir de una historia imposible de creer al pie de la letra, Saramago nos plantea una serie de reflexiones que no acostumbramos a hacer ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos morir?, ¿cómo se las apañaría el mundo con una sobre carga de seres humanos? Es ante las situaciones extremas cuando se ve la naturaleza del ser humano en relación con la sociedad. Su más primario instinto por controlar lo que se supone que le pertenece pero de lo que no dispone el control: su propia vida.